viernes, 13 de abril de 2012

Sobre la “Sala Sorolla” del Museo de Bellas Artes de Valencia


Hace ahora seis meses se inauguró a bombo y platillo la llamada “Sala Sorolla” en el Museo de Bellas Artes de Valencia. Anunciada como el gran revulsivo que necesitaba el Museo y efectiva puesta de largo de los nuevos gestores culturales: Lola Johnson, Consellera de Turismo, Cultura y Deporte; Rafael Ripoll, Secretario Autonómico de Cultura y Deporte y Paz Olmos, Directora del Museo de Bellas Artes; todos ellos licenciados en derecho y del Partido Popular. Sin embargo el autor intelectual de la “idea” fue Felipe Garín, encasquillado en su propósito de sacar rédito a la marca “Sorolla”.

Pasado este medio año desde la inauguración de la sala, el público valenciano ha puesto en su sitio a esta descabellada iniciativa, con las salas prácticamente vacías al igual que el resto del Museo. La llamada “Sala Sorolla” se ha comportado como una exposición temporal al uso y ya no da más de sí, pese a la nueva ampliación de la sala y el goteo de nuevas obras. Como en toda muestra temporal se ha suscitado una curiosidad inicial, con una buena asistencia de público, un descenso paulatino de visitantes y una total indiferencia ante el agotamiento final del proyecto.

La reordenación y reagrupamiento de las cuarenta y dos obras de distinto orden que posee el Museo de Bellas Artes de Valencia de Joaquín Sorolla no permite hacer un recorrido por la vida artística de Sorolla, “desde sus inicios como pensionado en Roma hasta sus últimas creaciones” como indica la publicidad del Museo. Quien conozca mínimamente la obra del genio valenciano se sentirá defraudado por esa muestra donde abunda la producción retratística y hay escasas obras de verdadero interés. Sobrevuela en toda la sala el espíritu del frustrado “Museo Sorolla” que se pretendió crear en Valencia y que ha derivado en la modesta “Institución Joaquín Sorolla de Investigación y Estudios” con sede en el Centro del Carmen.

Desgraciadamente, esta muestra que debería haber sido solo temporal o emplazarse en una futura ampliación del centro, se ha convertido en una descabellada cesura del discurso museográfico. Al ubicarse en las salas permanentes del museo ha hecho desaparecer la práctica totalidad de la pintura barroca valenciana de la segunda mitad del siglo XVII,  con artífices tan significativos como los Esteban y Miguel March, Tomás Yepes o Vicente Vitoria por citar tan solo unos cuantos de la decena de pintores que han desaparecido o han visto mermada su obra. Con ello se ha roto toda la trayectoria histórica del recorrido amén de ser un despropósito didáctico sin precedentes.

No se si son concientes de la gravedad del asunto, echando al traste el esfuerzo y el trabajo del anterior director, tan sumamente maltratado por los últimos responsables políticos en su etapa final. Todo ello es consecuencia de que las personas que están al frente de la pinacoteca no tienen ni idea de museología, pintura o arte valenciano y otros que parecen tener “conocimientos” están más interesados en sus espurios intereses personales que en los propios del Museo, mil veces ninguneado por unos y por otros. Los gestores de la cultura –como en todos los ámbitos- tienen que ser los más capaces y preparados y no los arribistas de la política y demás diletantes.

No contentos con este despropósito que es la “Sala Sorolla”, pronto se avecina la “Sala Benlliure” y antes incluso la “Sala Goya”, desmontando con ello una de las salas más hermosas y conseguida del Museo. Ya solo les falta dedicar una muestra a Blasco Ibáñez, para alcanzar la “triada” artística del populismo valenciano, pero ya se les adelantó el señor Javier Varela en el Muvim con una de las exposiciones más caras e intranscendentes de la historia del museo, que afortunadamente le costó el puesto. Los tiempos para el Museo de Bellas Artes de Valencia han cambiado, pero parece que algunos no quieren enterarse...


sábado, 12 de noviembre de 2011

Un aniversario ignorado: el bicentenario de la fundación del Museo de Pinturas de Valencia (1812-2012)


El próximo año se cumplirá el bicentenario de la fundación del Museo de Pinturas de Valencia, antecedente inmediato del actual Museo de Bellas Artes de Valencia, fundado por el mariscal Louis-Gabriel Suchet en 1812. Es una efemérides que no debería pasar inadvertida por el ser el punto de partida de nuestro actual Museo de Bellas Artes, pero desgraciadamente mucho me temo que este aniversario pasará al olvido, aunque por nuestra parte pondremos todo el empeño para que esto no suceda.

Louis Gabriel Suchet (1770-1826), comandante en jefe del ejercito imperial de Aragón, mariscal de Francia y futuro duque de la Albufera, tomó la ciudad de Valencia el 9 de enero de 1812, aunque no fue hasta el 14 del mismo mes cuando entró triunfante en la ciudad. Ese mismo día -junto a otras corporaciones de la ciudad- recibió a una representación de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, cuyas aulas en la antigua Universidad habían resultado seriamente dañadas por la artillería. En esa reunión Suchet, de carácter conciliador e ilustrado, les manifestó su deseo de proteger a la institución académica y de crear un Museo de Pinturas que sirviera de progreso e instrucción a los estudiantes de Bellas Artes.

La Academia ya contaba desde su fundación en 1768 con una pequeña colección artística de alrededor de unas 200 piezas, colgadas en las aulas y algunos salones sin ninguna intención museística y destinada fundamentalmente a la formación y ejercicio de los alumnos, que resultó notablemente mermada por el asedio francés. El único gabinete de antigüedades con cierta entidad que hubo en Valencia fue el formado por el benemérito arzobispo Andrés Mayoral (1685-1769), situado en una galería de nueva planta construida por el maestro de obras José Herrero en el propio palacio arzobispal en paralelo a la calle Avellanas. Desafortunadamente parte del palacio y el citado gabinete fueron igualmente destruidos por la artillería napoleónica en la toma de la ciudad.

El 22 de enero de 1812, festividad de San Vicente Mártir, Suchet proclamó en Valencia el decreto de 18 de agosto de 1809 por el que se suprimieron todas las órdenes religiosas. El Barón de Lacuée, intendente general y la Junta de la Real Academia de San Carlos, determinaron que una comisión encabezada por el pintor y académico Vicente López junto con el intendente Rodier, seleccionaran las pinturas y objetos artísticos que formarían el “Museo de Arte”. El 29 de enero llegaron a la sede de la Academia, alojada en el Estudi General, los primeros cuadros procedentes de los conventos de Santo Domingo, Santa Catalina de Siena y los Trinitarios Descalzos. Pronto se dieron cuenta que los salones y aulas de la institución eran insuficientes, por lo que una comisión barajó la posibilidad de trasladar el museo a la Real Casa Enseñanza o al Convento de Santa María de Montesa, pero la propuesta no prosperó a tenor del decreto de 14 de mayo de 1812 que dispuso la reparación del viejo edificio de la Universidad para tal fin.

La institución museística tan solo perduró dos años, concretamente hasta el 23 de enero de 1814, momento en que fueron devueltas las obras de arte requisadas, tras el restablecimiento de las órdenes religiosas por el gobierno de Fernando VII. No obstante, los regulares determinaron en agradecimiento por el empeño de la Academia en el cuidado de sus obras de arte, la entrega de cinco cuadros con destino a la instrucción de los estudiantes. Tras la desamortización de Mendizábal en 1836, los cuadros volverán al cuidado de la Academia, pero en este caso en el Convento del Carmen Calzado.

El gobierno de Suchet, paternalista y moderado, no solo creo el primer “Museo” con la acepción moderna del término en Valencia, también inició las reformas urbanas que dieron lugar al Parterre, la Glorieta o la reordenación del Paseo de la Alameda. Su programa reformista, propio del despotismo benevolente, encontró notable eco en los círculos de ilustrados de la ciudad y su marcha en julio de 1813, sentida hasta cierto punto en algunos corrillos liberales, dará paso al arbitrario gobierno absolutista del general Javier Elio.

Creo que en la celebración de este bicentenario, sería un buen momento para la reflexión crítica del pasado, presente y futuro del Museo de Bellas Artes de Valencia, aunque nuestras instituciones no son muy dadas al debate y a la confrontación de ideas. Espero que no me de tilden de afrancesado…

martes, 8 de noviembre de 2011

Más de lo mismo en el Museo de Bellas Artes de Valencia


En mi anterior artículo de este blog -escrito en octubre de 2007- ya hablaba de una serie de problemas que se ciernen sobre el Museo de Bellas Artes de Valencia y que todavía a día de hoy siguen sin resolverse. Desgraciadamente, pasados estos cuatro años de cierto ostracismo ágrafo que terminan definitivamente con este blog, los asuntos y los problemas referentes al Museo de Bellas Artes no solamente siguen enquistados, sino que han empeorado notablemente. Tan solo voy a centrarme en este momento en dos de los más alarmantes, como es el caso de la enésima paralización de las obras de ampliación y rehabilitación del edificio y el disparatado nombramiento de Paz Olmos como nueva directora.

El caso de la ampliación del Museo es especialmente sangrante, ya que las obras empezaron justamente hace ahora 25 años y han vuelto a paralizarse sine die. El Ministerio de Cultura había presupuestado a regañadientes 4,5 de los 19,3 millones de euros necesarios para la rehabilitación del museo, después de una enmienda en el Congreso del diputado Ferran Bono, ya que inicialmente el Ministerio tan solo consignaba la ridícula cifra 145.000 euros. Solo faltaba que el Ayuntamiento de Valencia diera la licencia de obra -solicitada por el Ministerio el 9 de marzo- pero el consistorio no ha tenido a bien concederla. Una vez más han prevalecido los mezquinos intereses personales y de partido frente al interés público. Este despropósito -con la misma secuencia de permutas, licencias y dinero que vuela- no es la primera vez que sucede en la ya dilatada historia de la ampliación del museo y probablemente -con los tiempos que se avecinan- no será la última.

También es corresponsable de esta situación el Ministerio de Cultura que no ha hecho el más mínimo esfuerzo por ratificar la permuta de terrenos pactada en el convenio del año 2000, por la cual el Ayuntamiento cedía las tres parcelas traseras del museo de 2.735 metros sobre las que se ha edificado la ampliación del mismo y por su parte, la Administración General del Estado cedía el jardín lateral anexo al antiguo Colegio de San Pío V de 2.055 metros que se integraba en los jardines de Viveros, como sucede ya de facto en la actualidad. En estos once años nadie ha tenido tiempo de ratificar o denunciar el convenio, independientemente del partido político que se ha alternado en el gobierno del Estado. Es evidente que la desidia e incompetencia de los gestores públicos es inaudita, por no utilizar otro calificativo.

Por último tenemos el caso del nombramiento de Paz Olmos como nueva directora del Museo de Bellas Artes con “adscripción provisional al cargo”. La plaza de director/a del museo valenciano de cabecera ha sido adjudicada a dedo sin salir a concurso público, como exige la Ley 10/2010, de 9 de julio, de la Generalitat, de Ordenación y Gestión de la Función Pública Valenciana. La excusa para el nombramiento de esta abogada -que no tiene ningún conocimiento de arte o museología- fue la de su condición de “político”, ya que las negociaciones con el Ministerio de Cultura para la ampliación del museo requerían de tal rango. Visto el desenlace de la “negociación” podemos afirmar que tales argumentos han sido una mera falacia. Probablemente el único merito cualificado de Paz Olmos para ostentar el cargo es tener el carnet del Partido Popular.

La voracidad de determinados políticos no tiene límites, más aún con la citada Ley de Ordenación y Gestión de la Función Pública Valenciana de 2010, a tenor de la cual los jefes de servicio pasan a ser personal de confianza y desaparecen los funcionarios que habían accedido a este puesto por concurso. Los jefes de servicio, que hasta ahora tenían nivel 26 y un complemento 46 pasan a nivel 28 y complemento 50. Parece ser que para los profesionales de la política no hay recortes. Esto es una buena muestra de por donde van los tiros y de lo que nos espera, pero lo más grave de todo es que la gestión pública estará en manos de personas que acceden al cargo sin ninguna cualificación profesional específica, como es el caso que nos ocupa.

El patronato del Museo de Bellas Artes sigue sin reunirse desde hace más de 10 años y seguirá sin reunirse, para no tener que tratar el nombramiento de Paz Olmos y tantos otros asuntos que son despachados con una mera comisión permanente, que en más de una ocasión se ha tratado de filtrar a la prensa como la sesión de un patronato. Vuelvo a repetir, para que quede bien claro, que el patronato del museo no se ha reunido desde hace más de 10 años, cuando tiene la obligación de reunirse como mínimo cuatro veces al año de conformidad con el convenio suscrito el 24 de septiembre de 1984 (BOE de 19 de enero de 1985) y, en lo previsto en el mismo, por lo establecido en el Reglamento de los Museos de Titularidad Estatal y del Sistema Español de Museos, aprobado por el Real Decreto 620/1987, de 10 de abril (BOE 13 de mayo de 1987).

Ante todos estos atropellos la sociedad reacciona tímidamente, pero no supera su impotencia. Tan solo algún colectivo profesional, combativas asociaciones ciudadanas o personas individuales han alzado su voz. Parece que la sociedad valenciana está amilanada en su conjunto y lleva camino de convertirse en una gran “alquería blanca”, manipulada a su antojo por los políticos y sus medios de comunicación. Se que este blog es poca cosa ante el desparpajo mediático que nos envuelve, pero hay que intentarlo…

sábado, 5 de noviembre de 2011

Del impás a la frustración en el Museo de Bellas Artes de Valencia



Antes del verano el Ministerio de Cultura presentó un código de Buenas prácticas en museos y centros de arte, con el propósito de clarificar las funciones de los distintos órganos de gestión del Museo. Dos puntos son fundamentales en este documento: el referente al papel del patronato -con funciones científicas, administrativas y económicas- y el papel del director, responsable último de la línea artística del centro. Llama la atención en este informe -que pretende ser un documento de referencia para todos los museos españoles- la demanda de mayor autonomía en la gestión del Museo y la necesidad de un mayor peso específico de los expertos y profesionales en la composición del patronato, controlado en exceso por el poder político.

Este es el caso del Museo de Bellas Artes de Valencia, cuya naturaleza jurídica, plantilla, presupuesto y política de exposiciones, vienen determinados directamente desde la Conselleria de Cultura, sin dejar ningún margen de maniobra al mismo. Es el arquetipo de las viejas prácticas museológicas que están siendo abandonadas a la carrera en los grandes museos estatales, cuyas instituciones se van adecuando a las exigencias de una moderna museología, basada en la autogestión, la optimización de recursos y el papel ejecutivo de los profesionales. Junto al inmovilismo administrativo -que amenaza con malbaratar todos los esfuerzos que se han realizado desde la dirección del centro- hay que señalar la apremiante falta de personal, cuya plantilla se reduce al tiempo que aumenta el número de visitantes. Resulta curioso, que mientras el Museo de Bellas Artes tan solo tenga una plaza de conservador, el Museo de Etnología de la Diputación de Valencia tenga diez, lo que pone en evidencia a la que fue en su momento la segunda pinacoteca del país, y hoy no es más que un "museo de provincias" desde un punto de vista museográfico.

Gran parte del personal técnico del Museo está siendo ninguneado, como se evidencia en los departamentos de Registro y Didáctica, cuyos profesionales llevan años con precarias asistencias técnicas, promesas incumplidas y sueldos de miseria. Mientras tanto, la nueva Conselleria de Cultura -insensible a las demandas de la sociedad valenciana y a las listas de espera en las visitas guiadas- aumenta innecesariamente su organigrama. Dilapidar los años de formación de un personal altamente cualificado -amortizando plazas- no es una buena práctica, incomprensible desde el sector privado al que tanto se recurre... La desidia llega a tal extremo, que la administración es incapaz de realizar los trámites burocráticos para cubrir las tres plazas vacantes del Museo: Conservador de Pintura, Técnico en Arte Valenciano y Técnico en Didáctica y Comunicación.

Resulta chocante que mientras el Ayuntamiento de Valencia -gestionado por el mismo partido político- anuncia la creación del Instituto Municipal de Cultura, para racionalizar la gestión de sus museos, monumentos y salas de exposiciones temporales, la Conselleria de Cultura no mueva ficha, incumpliendo programas electorales y sumiendo al Museo de Bellas Artes de Valencia en una profunda crisis, tan sólo maquillada por la inercia y la falta de transparencia. Cabría preguntarse dónde está la anhelada autonomía administrativa y financiera del Museo de Bellas Artes, plateada por el fallido Instituto Valenciano de Arte Clásico. ¿Dónde está el Sistema Valenciano de Museos?, previsto en la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano de 1998, que debería racionalizar los 179 museos y colecciones museográficas de la Comunidad Valenciana, el conjunto más numeroso de todo el Estado.

Mientras proyectos de dudosa viabilidad avanzan -como es el caso del anunciado "Centro Sorolla" en Sant Vicent de la Roqueta- no se atienden las necesidades de nuestro museo de cabecera, permitiéndose el despropósito de rebajar el presupuesto del área de Museos de 4,4 a 2 millones de euros. Al Museo de Bellas Artes de Valencia le urge un nuevo estatus jurídico, económico y administrativo que le permita desarrollar su enorme potencial, pero nuestros responsables políticos no se dan por enterados. Quizá es hora, por tanto, que el Estado -titular y propietario absentista del Museo- se replantee el Convenio de 1984 y recupere la gestión del mismo, ya que la Generalitat Valenciana ha fracasado rotundamente.

Publicado en Levante-emv, 6/10/2007, p. 4

Un nuevo estatus para el Museo de Bellas Artes de Valencia



Recientemente la diputada Beatriz Rodríguez, portavoz de cultura del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, reclamaba un nuevo estatuto jurídico para el Museo Reina Sofía, ante su difícil gestión económica y el cambio de rumbo que parece operarse en su planteamiento museológico. La actitud de esta diputada popular contrasta con la de sus correligionarios valencianos, que son incapaces de tomar la iniciativa por lo que respecta a la anacrónica situación jurídica del Museo de Bellas Artes de Valencia, varado por la inoperancia administrativa del descapitalizado convenio Estado-Generalitat de 1984.

La categoría de instituto, fundación o consorcio para el Museo de Bellas Artes de Valencia es la única solución posible para tener una administración ágil, autosuficiente y moderna, capaz de atraer ingresos del sector privado como llevan a cabo eficientemente los grandes museos de nuestro entorno, que hace ya más de una década que abordaron su reforma administrativa con excelentes resultados económicos. El mecenazgo a través de miembros corporativos o patronos contribuye de forma significativa al desarrollo del museo y sus actividades, suponiendo para las empresas un prestigio de su imagen comercial y una importante desgravación fiscal. Arquetípico es el caso del Museo de Bellas Artes de Bilbao -establecido como fundación- el cual tiene como patronos a empresas tales como El Corte Inglés, BBVA, Iberdrola o DEIA, que aportan 60.000 euros anuales por entidad. Asimismo, se ofrecen otras modalidades de contribución económica de menor cuantía a través de las categorías de empresa colaboradora y empresa amiga.

Todavía es más atractivo el caso del Museu Nacional d'Art de Catalunya -configurado como un consorcio tripartito- donde además de la notable aportación de los patronos, entre los que destacan el Grupo Santander, Telefónica, RTVE, Gas Natural o FCC, se suma la significativa aportación de la Administración General del Estado que asume el 29% del presupuesto anual. Alguien debería dar explicaciones de por qué el Ministerio de Cultura no aporta ni un solo céntimo al presupuesto anual del Museo de Bellas Artes de Valencia, cuando la titularidad, el edificio y una buena parte de las colecciones son del Estado, circunstancia que no concurre en el MNAC de Barcelona, propiedad conjunta y exclusiva de la Generalitat de Cataluña y el Ayuntamiento de Barcelona. Cabría preguntarse dónde están esas voces crispadas que desde el supuesto "valencianismo" defienden nuestros intereses, siempre ninguneados desde la administración central, independientemente de que partido político se encuentre en el poder.

Preocupantes son los Presupuestos Generales del Estado para el año 2007, donde apenas se consignan 0,5 millones de euros para la V fase de ampliación del Museo -que afectará al edificio histórico proyectado por el arquitecto barroco Juan Pérez Castiel- por lo que previsiblemente todo el conjunto museológico estará finalizado, si no hay más dilaciones, a finales del año 2009, veintitrés años después del inicio de las obras. Parejos en la desidia de la administración central del Estado son también los presupuestos de la Generalitat Valenciana, que tan solo aportan un total de 5 millones de euros, cantidad insuficiente que contrasta con los 14,2 millones de euros que se dedican al IVAM, evidenciando con ello un tremendo desequilibrio entre los recursos destinados al arte clásico y al contemporáneo, fruto de los absurdos complejos de nuestra clase política que todavía no ha superado el mal entendido concepto de "modernidad".

Es sorprendente que mientras se cierra el grifo a la financiación pública se descuide la contribución privada, cuando hay un interés creciente por parte de algunas grandes empresas por participar económicamente en las actividades desarrolladas por el Museo, este es el caso de La Caixa, Caja Madrid, Ibercaja, BBVA, Caja Duero o Iberdrola, que ya han financiado en los últimos años un buen número de exposiciones temporales y restauraciones. Estas mismas empresas, junto con otras más vinculadas con los intereses valencianos, participarían de buen grado como patronos de contemplarse esta posibilidad en un nuevo marco estatutario del Museo. Asimismo, el peso específico de las cajas valencianas, Bancaja y CAM, debería ser notablemente mayor, y más cuando la primera entidad figura como patrocinadora del Museo Reina Sofía de Madrid y la segunda en la categoría de colaboradora del MNAC de Barcelona.

Consiguientemente, es urgente arbitrar una nueva fórmula jurídica para que el Museo de Bellas Artes de Valencia -que debería ser establecido por ley como cabecera de los museos valencianos, al igual que lo es el MNAC en Cataluña- se convierta en un instituto, fundación o consorcio de carácter autónomo, que no esté sometido a los caprichos del Conseller de turno, como se evidenció recientemente con la arbitrariedad de no convocar al patronato del Museo de Bellas Artes durante más de un año, contraviniendo la obligación estatutaria de reunirse cada tres meses. Son ya demasiados los desplantes, las dilaciones y las promesas electorales incumplidas -a las que se suma el sospechoso silencio de la oposición- para que la imagen del Museo no se deteriore y pierda la oportunidad histórica que se le brinda en estos momentos. Esperemos que se imponga la cordura y en los futuros programas electorales se asuma definitivamente una nueva realidad administrativa para el Museo de Bellas Artes de Valencia, ambiciosa y capaz de optimizar nuestros recursos económicos y culturales.

Publicado en Levante-emv, 5/10/2006, p. 4

Es la hora para el Museo de Bellas Artes de Valencia



Hace pocos días el Conseller de Cultura demandaba que se retrasasen las obras de la V fase de ampliación del Museo de Bellas Artes de Valencia hasta después de la America's Cup, dando una excelente coartada para que el Ministerio de Cultura dilatase una vez más las obras de ampliación del museo, que ni siquiera tiene aprobado un proyecto de ejecución. Probablemente esta afirmación la hiciese de buena fe, ante las expectativas de una ciudad dispuesta a rentabilizar las posibles sinergias culturales de la referida competición nautica, pero también demuestra bien a las claras una falta de estrategia y previsión táctica frente a las negociaciones que debe entablar con el departamento de Carmen Calvo o quizá -lo que es más preocupante- un escaso interés por la suerte del Museo de Bellas Artes, que debería estar por encima de cualquier eventualidad.

A los continuos retrasos en la ampliación del museo, cuyas obras empezaron hace ahora justamente veinte años, se suma la escasa ambición del proyecto redactado inicialmente por los arquitectos Manuel Portaceli y Álvaro Gómez-Ferrer bajo las directrices del entonces Director General de Patrimonio Artístico, Tomás Llorens, mucho más interesado en esos momentos en el arte contemporáneo. Desgraciadamente, su ejecución no soluciona los graves problemas de espacio que tiene el museo y no resuelve convenientemente las áreas de depósito, biblioteca, gabinete de didáctica, restaurante y parking. A estas limitaciones -fruto de no seguir un proyecto museográfico previo- hay que sumar los errores en el diseño de las nuevas instalaciones: itinerarios confusos, innecesarios áreas de descanso, excesivos desniveles, pasillos y rampas y el pintoresco coro alto a los pies de la galería central del museo, concebido inicialmente para albergar el artesonado de la sala Laporta.

El Museo de Bellas Artes de Valencia, parte de cuyas ricas colecciones siguen sin exponerse al público, se merecía un proyecto museográfico de mayor calado que le permitiera expandirse hasta la calle Alboraya, anexionando la antigua casa Moroder construida por Salvador Galiana en 1892 y que actualmente ocupa el pequeño Hospital de la Cruz Roja. Esta es la salida natural del museo, que debe estar preparado en el futuro para saltar hasta al Convento de la Trinidad, que inexorablemente lleva camino de quedarse vacío en unos años. Amén del Centro del Carmen, donde deben estar las importantes colecciones del museo que abarcan del Romanticismo hasta las Vanguardias. Quizá alguien pueda pensar que este es un planteamiento demasiado ambicioso, pero está en plena sintonía con los otros proyectos que se están desarrollados en museos de características similares, como es el caso del renovado MNAC o de la futura ampliación del museo de Cleveland (Ohio), obra del arquitecto uruguayo Rafael Viñoly.

Otro problema urbano no resuelto es la conexión del museo con los jardines del Turia, ya que el acceso principal del centro está emplazado en la calle San Pío V, una vía rápida de tráfico intenso que hace de barrera infranqueable entre el museo y la ciudad. La solución a este grave problema  -como ya se planteó en algún que otro momento- pasa por la ejecución de un túnel desde el inicio de Viveros que salve el puente de la Trinidad y el colector de la calle Alboraya, posibilitando la conexión del museo con el lecho del río y la peatonalización de la calle San Pío V que debería recuperar su nivel histórico. Además hay que tener en cuenta que la futura línea T-2 del metro, cuya parada se denominará precisamente Museus, está ubicada en el antiguo cauce del Turia, y la conexión con el museo sería mucho más eficiente, asimismo cabría la posibilidad de recuperar las dos escaleras históricas del puente de la Trinidad y la rampa -hoy cegada- del pretil norte.

Junto con la ampliación del centro debería resolverse la acuciante falta de personal del museo, cuyas necesidades nunca han sido abordadas desde la coherencia de un plan de necesidades. De hecho, la administración se permite el despropósito de dejar sin cubrir algunos puestos de trabajo y para más desconsideración hacia el centro, ha trasladado un número significativo de plazas propias del museo a otras instituciones, sirvan tan solo como ejemplos fragantes la plaza de conservador de pintura que está emplazada en los servicios territoriales de Castellón o la plaza de protocolo -que hacía las funciones de secretario de dirección- que ha sido trasladada a la Secretaría Autonómica de Cultura, dejando al director del museo abandonado a su suerte. Por no hablar de la precariedad del personal contratado y del papel de los becarios.

Para que estas contingencias, vergonzosas en todo caso, no se vuelvan a producir es necesario que el Partido Popular cumpla con su programa electoral y cree de una vez por todas el Instituto Valenciano de Arte Clásico, dando a esta institución la misma entidad jurídica, autonomía administrativa y presupuesto que goza el IVAM. No entiendo cuales pueden ser las reticencias del Sr. Alejandro Font de Mora, que es el máximo responsable del imcumplimiento de esta promesa programática, ya que bajo la anterior administración de Esteban González Pons, todo estaba preparado para mandar a la Cortes Valencianas el anteproyecto de ley de creación del IVAC. La falta de interés por nuestro "museo nacional", es un hecho palpable que parece responder a la aciaga máxima valenciana por excelencia de ni fer ni deixar fer.

La ventaja de los actuales responsables de la Conselleria de Cultura -que no realizan sus deberes- es que ni el grueso de la sociedad valenciana, ni la oposición política, demandan seriamente una promoción cultural a la altura de las expectativas de futuro que posee nuestra comunidad, que todavía no ha descubierto en el Museo de Bellas Artes de Valencia uno de sus mayores activos culturales. No creo que este artículo, así como otros que del mismo sesgo han aparecido recientemente, mueva a la reflexión a nuestra administración autonómica, demasiado ensimismada en efímeros impactos mediáticos y poco dada a proyectos a medio y largo plazo. Pero hay que tener esperanza.

Publicado en Levante-emv, 15/09/2006, p. 4

Canícula en los claustros del Carmen



Lejana ha quedado aquella Valencia de patios y huertos que se advierte en el plano de la ciudad de Tomás Vicente Tosca (1704), reflejo de un ancestral urbanismo mediterráneo, planteado a escala humana y que subsistió hasta mediados del siglo XIX. La imbricación de vegetación y arquitectura no sólo es una herencia cultural del mundo clásico e islámico, reinterpretada por la emergente arquitectura bioclimática, sino una necesidad especialmente tangible en el tórrido verano que padecemos en estos momentos. El urbanismo desarrollado en Valencia, lejos de adaptarse a las condiciones medioambientales de la ciudad, nos prodiga con desmesurados hitos urbanos y un buen número plazas duras en el centro histórico que ahuyentan a los ciudadanos.

Si alguien pretende refugiarse de la canícula en los claustros del antiguo Convento del Carmen, observará con perplejidad como recientemente ha sido exterminado todo el acanto que cubría la totalidad de los parterres del claustro renacentista. Estas vivaces hojas del Nilo, que florecen ahora en verano, no solo evocaban la antigüedad grecolatina, sino que daban una inusitada frondosidad al patio, cuya decadente belleza seguro que hubiera turbado al mismo Schiller. No hace falta ser un poeta romántico alemán -tan sólo un sensible observador abezado- para descubrir el atractivo de este maltrecho claustro de capiteles alcarreños y orden toscano, cuya policromía barroca aun subyace bajo diversas capas de cal.

Mientras en numerosos edificios históricos se han hecho efectivos los estudios de paleopolen para restaurar sus jardines, como es el caso del emblemático convento mexicano de Churubusco o del palacio de Medina-Al-Zahara, en la ciudad de Valencia -anclada en pretendidos planteamientos neoracionalistas- se ignoran las conclusiones de estos estudios científicos sin más miramientos, quizá para el deleite de algunos arquitectos diletantes que experimentan con el patrimonio de todos nosotros. Parece ser que no se han dado cuenta, que de igual manera que se restauran los edificios, también hay profesionales que restauran los jardines históricos.

El efecto refractante de la grava del claustro gótico del Carmen hace que la temperatura del mismo suba hasta tres grados respecto a la registrada en la calle inmediata. Este descabellado "ajardinamiento" del patio, más propio de la pista central de Roland Garros o quizá de un jardín de reminiscencias Zen, no es el adecuado para el claustro ojival del Carmen Calzado de Valencia, cuya rica historia botánica se merece mayor respeto y consideración. Otro tanto ocurre con el claustro del San Miguel de los Reyes, donde un minúsculo seto geométrico nos ayuda a "leer la arquitectura" como si los ciudadanos fuéramos analfabetos en el arte de Vitruvio.

En el llamado claustro renacentista del Carmen, más bien obra del clasicismo monumental a caballo entre el siglo XVI y XVII, todavía se conservan sobre el ángulo suroeste dos placas de cerámica incisa colocadas en losanje en 1738, donde se da noticia de la plantación de palmeras en ambos claustros con motivo de la celebración del V Centenario de la Conquista de Valencia. Estas palmas han desaparecido, pero aun subsisten y destacan de distintos estadios un magnífico ciprés, un imponente platanero y los nísperos que hacían la delicia de los estudiantes de la Escuela de Bellas Artes de San Carlos. Esperemos que en la futura restauración del claustro se mantenga intacta su frondosidad y se repongan los acantos, y de no ser así, ya somos unos cuantos los que imitando a la Baronesa Thyssen amenazamos con encadenarnos al platanero del claustro.

Publicado en Levante-emv, 18/08/2006, p. 4